Nobody's family is going to change
A veces me irrita más escuchar el teléfono del apartamento timbrar que contestarlo. Antes era sencillo, no entendía un carajo y me hacía la rusa. Ahora, como "se habla ruso", no contestar evidencia cuán insoportable soy, y por eso de vez en cuando contesto, como queriendo disimular -sin éxito- el gen insufrible.
Levanté el auricular para escuchar las preguntas de siempre y en el mismo orden:
—¿Tiene hambre? ¿Está comiendo? ¿Tiene papas y cebollas? ¿Tiene abarrotes? ¿Tiene dinero? ¿Por qué no nos llama?
—No. Sí, por supuesto. Sí. Sí, he ido al supermercado. Sí, por supuesto. Porque no me da la gana ...
Bueno, eso fue en el mundo mental, en el verbal titubeé y dije: "llamé el viernes pasado."
Es la familia política, que me recuerda por qué la política me da ñáñaras.
El padre sabe que el mío nos abandonó a mi hermano y a mi en la infancia, y ahora, cada vez que me ve, me dice: "Qué buen padre tienes aquí".
Coño, ¡qué mal gusto!
Extrañando a mi familia imperfecta -la de Costa Rica-, al camarada que ha estado en aquella ciudad por demasiados días, y abiertamente triste, me puse los audífonos y me refugié en This American Life, escuchando el episodio del título.